Hacía una nueva ordenación de los valores: de la multi-culturalidad al revanchismo étnico
El 12 de octubre de cada año se conmemora el Día de la Resistencia Indígena, denominación que viene a reemplazar el tradicional “Día de la raza” por decisión del presidente Hugo Chávez, por decreto n° 2028, de fecha del 12 de octubre de 2002, lo cual no constituye un cambio minúsculo, ni mucho menos superficial, sino que responde a una subversión de valores, que hace desdeño de la identidad hispanoamericana y de los elementos civilizatorios introducidos por el colonizador español y que nos hacen partícipes de la tradición judeocristiana.
Un país mestizo, en el que confluye lo aborigen y lo negro con un predominante influjo cultural europeo, es el producto de un largo proceso de interacciones y relaciones que cultivaron a través de los años, lo que hoy se podría llamar la identidad de la América Hispana, y que en muchos casos es asiento y cimiento de tradiciones sincréticas, heterogéneas entre sí y con marcado arraigo en no pocos estratos de las sociedades latinoamericanas en la contemporaneidad, la gravedad del cambio reseñado con anterioridad, yace en el hecho de que pasamos de celebrar la diversidad y el mestizaje, a valorar únicamente a los así llamados pueblos originarios, tal recordación –que no estaba omitida antes- no es ocasión de regodeo, sino que por el contrario, viene en introducir en la sociedad elementos de confrontación afincados en el revanchismo étnico que pretende enfrentar a los venezolanos más originarios, con los que lo son menos, como si a estas alturas nos hubiéramos resistido al contacto interracial o como si la América pre-colonial fuese un paraíso idílico, interrumpido por la ambición imperial de una potencia extranjera, cuando lo cierto es que la historia de la humanidad está marcada por los contactos pacíficos o no entre pueblos y civilizaciones y que tal hecho por supuesto es del todo inevitable, además que soslaya el muy relevante hecho de que los distintos pueblos aborígenes, como sociedades neolíticas combatieron entre sí al punto de desconocer –como es natural dado su estadio de desarrollo- la paz, los acuerdos y otras formas regladas de interacción y socialización.
LA CIVILIZACIÓN: estado avanzado de la evolución socio-cultural
Las sociedades humanas complejas, donde existen los asentamientos sedentarios, especialización del trabajo y relaciones sociales extendidas, por el elevado nivel de sus ciencias, artes, prácticas, derecho, religión y costumbres se hayan inmersas en una escala superior de evolución cultural que las distingue notablemente de la sociedad primitiva, en muchos casos nómada, primaria y de relaciones humanas simples, donde, en ocasiones contadas, sólo existe un tenue cimiento del progreso o atisbo de aquel y que concausa una dicotomía entre la civilización y la tribu.
Así la América prehispánica conoció un tímido reflejo de civilización en la región mesoamericana, en la cual existieron diseños religiosos, políticos, sociales, económicos y científicos de gran adelanto, tales como el calendario, la escritura gráfica, las creencias mágico-religiosas sistematizadas, así como, conocimientos apreciables en el área de la medicina, la astronomía y la matemática, no obstante, abismalmente rezagados en comparación con el acervo desarrollado por el mundo grecorromano, cuna y cimiento de la cultura euro-atlántica, cuya continuidad y desarrollo posterior quedó a cargo de los movimientos filosóficos cristianos que como sistema religioso de raíz semita, veía superado el politeísmo y las prácticas de muerte ritual, aún llevadas a cabo por mayas e incas a finales del siglo XV cuando ocurre la colonización del nuevo continente.
La historia está plagada de diversos enfrentamientos, conquistas y choques culturales, que son una reiteración de las conductas y actitudes de los grupos humanos y su interacción, y de ello pueden dar cuenta distintos episodios de la historia europea, así pues, la inclusión del vasto y nuevo continente a las páginas de la historia de la humanidad no quedó exento de algunos episodios lamentables, pero en ningún momento, dicho proceso significó un exterminio total, ni supuso alienación alguna de las culturas precolombinas sino que les aportó las “luces” de la civilización, prueba de ello es la pervivencia hoy de sociedades tribales neolíticas en la edad contemporánea de la historia del hombre, de globalización y capitalismo post-industrial.
RELATIVISMO Y CONTRACULTURA: la piedra angular de la posmodernidad
El relativismo sostiene que no existen verdades universales, cognoscibles y comunes a todo el género humano, y que en términos de la cultura, rechaza la formulación de juicios sobre los aspectos culturales de otras sociedades, señalando que estarán marcados bajo el sesgo de la propia sociedad, así la idea de progreso y adelanto dejan de ser referenciales al momento de su examen y crítica, quedando esta materia relegada a la perspectiva y la subjetividad, de esta forma la distinción entre civitas-tribu se disipa y sin referentes “objetivos” que permiten la formulación de descripciones, análisis y juicios de hechos como: la poligamia, el politeísmo y sus costumbres de muerte ritual, el incesto y otras prácticas del hombre primitivo, se convierte ya no en un sensato y racional examen, sino un “prejuicio de occidente” paradójicamente, este reclamo viene acompañado de gravísimos reproches a la cultura euro-atlántica y a las instituciones que moldearon su identidad.

El hombre en la posmodernidad concibe la realidad no como aquello que existe, capta y conoce por medio de la razón, sino como una construcción individual, guiada por percepciones y no por el objeto en sí mismo, y en virtud de ello el “ser” pierde relevancia y la vida intelectual y sus creaciones quedan separadas de la realidad, lo cual le sumerge en la búsqueda constante de nuevas formas de expresión, caracterizadas por la impostura ideológica, moral y cultural, así el sujeto, sin referentes, toma como único principio la relatividad de todo lo que existe y contribuye a que la idea que encierra el nuevo “Día de la Resistencia Indígena” tenga no sólo una amplia difusión, sino aceptación, lo que a su vez coadyuva a materializar la subversión de valores a la que aspiran los socialistas de este siglo, de esta forma la posmodernidad como fenómeno del orbe occidental entrega a sus receptores al menosprecio por lo propio y los deja al servicio de los ingenieros sociales, tal cual conejillos de indias para sus experimentos, así bien, hoy es común que un español se avergüence del pasado imperial de su nación, y que un latinoamericano recienta de la cultura occidental e intente fallidamente escapar del fenómeno de la globalización, haciéndose eco del indigenismo y otros adoctrinamientos, mientras que los latinoamericanos más próximos con sus antepasados aborígenes, se resisten con fuerza a incorporarse a la civilización, dejándoles a merced de la pobreza y la marginalidad social, todo porque algún posmoderno, desea conservarlos, como piezas vivientes de museo o tal cual granja de hormigas, a costa, de que su estándar de vida sea más distante con respecto al actual grado evolutivo de la humanidad y omitiendo el hecho de que la integración de éstos a la contemporaneidad no supone la renuncia a las tradiciones ancestrales, las cuales una vez han convivido por largo tiempo con la civilización son plenamente compatibles con el siglo XXI.